Traduciendo los sentimientos

miércoles, 28 de noviembre de 2012

HIEDRA Y LA LUNA

Quiero contarte un cuento en esta noche en que la luna está preciosa, tú me lo has dicho hoy.

Hiedra era su nombre y vivía en una casa empedrada. Una noche sin saber porqué salió a la calle a buscar la luna. Miró a un lado y otro y por más que sus ojos escudriñaron el firmamento no encontró rastro del satélite. 
Un gato de canela miró a Hiedra interesado, bien sabía que era ella la que dejaba, de vez en cuando, unas raspas de pescado entre unos derrubios cercanos. Él, que como buen felino, tenía un sexto sentido además de siete vidas, se dio cuenta de que sus manos en los bolsillos, no podían portar otra cosa que no fuera frío. Era noviembre.
De cualquier modo se acercó a ella y como si supiera lo que estaba buscando, se sentó a su lado y alzó su mirada al cielo. 
Vistos desde aquí están muy graciosos, mirando, sincrónicamente la cabeza a un lado y otro en busca de la misteriosa luna.
Después de la infructuosa búsqueda, dieron media vuelta y ella sobre sus dos pasos y él sobre los cuatro suyos, abandonaron la esquina en la que se habían situado. Hiedra lo miró al entrar en su casa. Él vivía dos puertas más arriba.
Después de echar la llave se quedó pensando un momento tras el cual volvió a salir. Se diría que a él le ocurrió lo mismo porque cuando ella ponía el pie en el último peldaño, el balanceaba su cola erguida y sinuosa por la acera, caminando en su dirección. 
Sin que les uniera ni tan siquiera un gesto cómplice, caminaron  en paralelo y se dirigieron al parque. 
Sentada en un banco y acurrucada tras su bufanda, Hiedra insistía en su búsqueda. El gato subido a la cima del tobogán estiraba el cuello hacia el firmamento. Tan empleado estaba en su vigilancia que contra todo pronóstico, perdió el equilibrio y resbaló acelerado por la pendiente del caharrito metálico. Hiedra salió de su ensimismamiento al escuchar el chillido agudo y pertinaz del minino y no pudo más que reír al presenciar tan cómica situación. No obstante corrió hacía el tobogán, llegando justo a tiempo para evitar que el animal se estrellara contra el suelo. Lo apretó contra su pecho en un movimiento instintivo, su corazoncito latía agitado. Permanecieron largo rato abrazados al lado del tobogán pero un reflejo misterioso rompió la ternura del momento. Allí, en un charco cercano, la luna sigilosa bebía el agua de lluvia recién caída. 

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