Martina se sentó en el bosque, en realidad tenía aún mucho camino por delante, su padre la aguardaba para comer. Ella llevaba todos los días la comida a su padre y sus hermanos sorteando los obstáculos del bosque, nada la amedrantaba, nada cortaba su respiración pero aquel día, sin saber a cuento de qué sintió la necesidad de pararse aunque solo fuera unos minutos.
Para ser una niña no tenía demasiado tiempo libre. Muchas exigencias e imposiciones la hacían esclava de sus tareas.
Sentada sobre aquella piedra elevada se sintió diferente, más alta, más grande, más bella, más importante. Apartó el flequillo rebelde de su frente y con la cara entre las manos se quedó pensando con los ojos cerrados.
Vio pájaros que la sobrevolaban. Vio abejas libando el néctar de las flores y conejillos corriendo entre la hierba. Vio topos horadando la tierra y vio libélulas cerca del río.
Cuando abrió sus pequeños ojos de almendra nueva encontró los bigotes de su padre frente a ella, cerca, muy cerca de su rostro.
Le preguntaba si estaba bien y ella era tan feliz que no entendía la pregunta.
Estás cansada,
le dijo el Señor Alfredo, su padre, mientras la tomaba entre sus brazos y la subía sobre la burrita de carga.
Martina se puso aún más contenta, normalmente la burrita debía llevar el fardo de avena. Hoy, la avena quedó en un segundo lugar y Martina entró triunfal en su casa.
Había sido un día realmente especial, aquellos animales, de la tierra y del agua, su camino de vuelta sobre la burrita y sobre todo, los besos de su padre, ese "jaleo" de besos con los que la había acogido entre sus brazos.