Traduciendo los sentimientos

lunes, 25 de julio de 2011

AMANECIENDO CONTIGO

Me he despertado al escuchar mi nombre en tu voz, mi nombre, que no necesitas pronunciar porque antes de que lo hagas me llega, en ondas expansivas, el calor de tu llamada. He abierto los ojos y estabas mirando mi rostro que yacía quieto sobre la almohada. He sonreído al mirar los tuyos, con esa sonrisa amplia y franca que tan bien conoces, extendiendo mis brazos para estrecharte.
Tu cuerpo reposando sobre el mío ha jugado a encontrar la piel no descubierta y el mío ávido de tus caricias te ha mostrado el camino con pistas sonoras y de movimiento.
La dulzura y la pasión se han adueñado de la mañana y el sol perdiendo la timidez se ha hecho fuerte en el firmamento, dejando destellos como luciérnagas juguetonas y vibrantes sobre las sábanas almizcladas que presiden nuestro encuentro.
Me he mirado en tus ojos que miraban los míos y nos hemos perdido juntos en la profundidad del paisaje, una extensa carretera que se deshace entre bruma y flores cada vez que pienso en ti, cada vez que me siento viva en tu pensamiento.

jueves, 21 de julio de 2011

MUJERES Y HOMBRES

¿En qué pensaría Penélope mientras que, tejiendo, esperaba a Ulises? ¿Se acordaría fielmente de su rostro? ¿Podría dibujar el contorno de sus facciones con la yema de sus dedos sobre la prenda? ¿Qué pensarían los que se le acercaban reclamando su atención mientras ella, día tras día, los rechazaba excusándose en lo laborioso de su tarea? Una mujer enamorada no piensa en qué dirán otros sobre su comportamiento, sólo actúa según los dictados de su corazón y está claro que quería esperarle indefinidamente, porque estaba segura de que volvería. Algo muy dentro de sí, intuición, esperanza o la templanza que da el amor es lo que la convertía en una mujer tranquila y segura del amor de Ulises.
¿Y Dalila? ¿Qué astucias utilizaría para conseguir el secreto de la fuerza de Sansón el nazareo? ¿Si estaban enamorados como se cuenta, si él cazaba para ella y ella lavaba sus largos cabellos poniendo todo su mimo en la labor ¿Por qué dejó que se lo cortaran? ¿Qué mujer que ama a un hombre lo lástima física o moralmente? Murió Sansón, según cuentan, en el templo de Dagón, cuando derribó sus columnas después de que Dios atendiera sus súplicas por recuperar las fuerzas perdidas. ¿Qué fue de Dalila? ¿acaso se convirtió en un ser abominado por traicionar la confianza del ser que la amaba?
Con Helena se armó la de Troya, todo porque Afrodita se la había prometido a Paris. Tendrás la mujer más bella del mundo si me eliges a mí, le dijo ella y ahí que Paris la eligió, prefirió la mujer bonita a ser invencible en la guerra o ser el soberano del mundo. Lo que él no sabía es que la mujer, Helena, estaba desposada con Menelao o si lo sabía le dio igual porque fue a por ella y aprovechando que el marido no estaba se la llevó consigo. Amor o no amor no se si fue pero venganza posterior hubo y mucha, todo por conseguir tener a su lado a la mujer más bella de la Tierra, por la que muchos pretendientes se enfrentaron, los mismos que luego acompañaron a Meneleo para infringir su venganza a Paris. Y ella, Helena, dicen que se enamoró de él a primera vista pero ¿cuánto les duró el amor? apenas una brizna de aire sopló más fuerte de lo habitual y todo se torno de un color sanguino.
¿Inconformismo?¿Envidia? ¿Lujuria? ¿Prepotencia? ¿Qué mueve a las personas o como en este caso a los hijos de los Dioses, a desear aquello que no tienen? Con Paris, Afrodita obtuvo su manzana y... hablando de manzanas... pero no, no quiero que el pensamiento se retrotraiga al pasado más pasado, no quiero llegar a los de la hoja de parra, que de ellos ya se habla mucho, pero es más de lo mismo, mujeres y hombres, hombres y mujeres.
Ginebra,se enamoró en el camino hacia la morada del Rey Arturo de Sir Lancelot, el hombre de confianza del rey, pero se casó con quien estaba pactado y al final, todos fueron infelices.
Volviendo al presente y dejando la mitología y las historias de caballeros a un lado me pregunto ¿Por qué hombres y mujeres seguimos cometiendo los mismos errores una y otra y otra vez?¿por qué no expresar lo que se siente cuando se siente?
Todo el mundo conocerá a alguien que le haya dicho: no soy feliz pero estoy cómodo y me asusta perder la estabilidad.
¿Qué estabilidad? ¿La de Menelao?¿La de Jinebra? ¿La de Sansón? ¿De qué sirven las cosas materiales que te rodean si día tras día te sientas frente a ellas y no puedes sacar una sonrisa de tu corazón? Si sólo sale una mueca, un rictus, en señal del cumplimiento de las funciones, como persona que comparte el espacio con otra, sin que haya intersecciones en el mismo, sin roces, sin caricias, con las palabras tiernas olvidadas, con los besos perdidos en las esquinas de los cuadros de flores descoloridas a causa del desamor.
De los retazos expuestos, me quedo con Penélope y Ulises, quizá porque piense que no es la distancia física la que rompe el amor si no la que se deriva de la incomunicación, la pereza y la acomodación. La que viene por esperar que el otro cumpla las expectativas que tu tienes, que haga lo que tú harías en cada momento, que diga lo que tú piensas que debería decir en esa ocasión, eso es, a mi juicio, lo que debilita una relación hasta la extenuación. Después, ya no hay más, el único punto en común es el entorno de un gris degradado.

miércoles, 20 de julio de 2011

Como Escarlata O´hara

Desde las letras, las palabras y los pensamientos permaneceré enlazada con el mundo de los que me ha visto crecer, contribuyendo sin saberlo a que el milagro ocurriera. Algunos, los más queridos ni siquiera ven que lo he hecho porque en nuestros ojos permanece el reflejo de los días de juegos y los pies siguen danzando al ritmo del viento que impaciente hormiguea por nuestra espalda, como en aquella canción que tanto me gusta.
Hay un camino por delante y mucho que hacer para conservar el brillo que se identifica con la ilusión y las inquietudes sanas. Desde esta tribuna de arco iris sé que ningún paso es en vano, éste, menos que ninguno. Desde este escenario compuesto de anaranjados cálidos en el que tan feliz me siento escribo una vez más sobre la plenitud que da el amor en todas sus facetas. La razón puede a veces estar equivocada pero el corazón, víscera o energía qué más da, nunca, por mucho que digan, se equivoca en sus juicios, otra cosa es que el juicio nos venga dado por la sinrazón de lo incomprensible, el misterio, la química de nuevo, que nos acerca arrebatadoramente y a veces, con previo aviso, nos desgasta dejándonos exhaustos, apaleados y con los ojos secos al borde del sendero.
Desde este rincón del espacio diré una frase a lo Escarlata: Juro por Dios (y esto suena fuerte) que jamás volveré a pasar hambre... de caricias (ojalá Dios, así lo desee también).

martes, 19 de julio de 2011

Amparo de Atienza y Cárdenas

Amparo de Atienza y Cárdenas tenía el rostro blanco, casi transparente, era una de esas mujeres que seguía pensando que la piel oscura era para los esclavos y los campesinos. Procuraba no salir a esa hora en la que el sol está tan alto en el cielo que no hay sombra donde cobijarse, pero si tenía que hacerlo, utilizaba una sombrilla de color celeste con lunares blancos, para cubrir su tez y su cuello. Sus brazos permanecían a buen recaudo bajo la muselina de sus blusas y sus manos aparecían cubiertas por unos guantes de fina seda.
Una tarde de verano en la que se encontraba bordando en el embozo de una sábana, las iniciales de su nombre, sintió como la tierra perdía el equilibrio bajo sus pies. El cesto que contenía hilos, dedales y canuteros rodó y volvió a su sitio hasta tres veces en un segundo infinito, ella no se movió de su silla, había sido educada reciamente en la idea de que no hay que mostrar los sentimientos y que alterarse sólo conduce al envejecimiento de la piel del rostro. Cuando el aparador de madera de cerezo se desplazó hasta el extremo opuesto de la habitación y las copas de cristal de bohemia estallaron con la estridencia del océano embravecido chocando contra un acantilado, Amparo abrió desmesuradamente los ojos y agitó sus brazos en el aire.
Después, en décimas de segundo, la habitación quedó sepultada bajo las vigas del techo. Para cuando recobró el sentido, el mar casi había engullido la ciudad dejando como muestra de su ferocidad unos metros de muro del torreón del castillo que habitaba Amparo, que, lejos de la realidad y sacudiendo su vestido de las astillas desprendidas, preguntó por sus objetos personales a Mario, su mayordomo, que yacía en el suelo con la cara llena de heridas y la camisa sucia por la sangre. Como era su costumbre le respondió con la solemnidad que le caracterizaba:
Todo se ha perdido señora.
Amparo de Atienza y Cárdenas lanzó un colérico grito que acabó en estertores de muerte, se dio cuenta en ese instante de que un trozo de madera había venido a clavarse en su pecho rompiendo la blancura de su blusa almidonada.
Mario, desde su posición le mostró, con una sonrisa histriónica, el único objeto que había podido salvar, un Kallania de Constantin Vacheron heredado por Amparo de Atienza y Cárdenas al morir su padre.
Amparo se convulsionó en el suelo perdiendo la compostura que el maremoto no había logrado arrancarle, el movimiento hizo que la viga partida se introdujera aún más en su pecho y la sangre saliendo a borbotones inundó los pies de Mario que se había incorporado y se encontraba ya a una distancia considerable de la noble dama, con lentitud pasmosa y regodeándose en sus movimientos se remangó la camisa y ajustó el preciado objeto a su muñeca. Limpió sus lentes y lo observó de cerca y de lejos sin ocultar su sarcasmo. Después de mirar a la dama con superioridad por primera vez desde que comenzara a servirla, se dispuso a abandonar la sala. En ese instante notó como sus pies se hundían en el agua, al mirar hacia abajo buscando un camino seguro para no tropezar, vio como el mar invasor se cobraba la vida de Amparo mostrando el color de su sangre como trofeo.

domingo, 10 de julio de 2011

QUE NO DIGO YO QUE NO SEA UNA CIUDAD BELLA

Pero será en otra época porque... los días de verano en Sevilla... no los soporto.
Después de vivir en ella treinta años o más, cada nueva estación estival que se sucede soy más consciente del destrozo que hace sobre mi energía vital y mis ánimos esta ciudad de calor insoportable, vacía de sonidos en las mañanas de julio y agosto porque hay muchas personas que pasan el día dormitando al amor del aparato de aire acondicionado que arroja una masa de aire caliente a la calle que incrementa las temperaturas de la atmósfera de forma... ¡qué no se puede soportar, vamos!
Como otras personas, me levanto con la fresquita para dar un paseo, con buena temperatura y con la intención de traer la compra hecha, pero ocurre que el paseo ha terminado y las tiendas aún no están abiertas, sobre todo en algunos barrios que dan los buenos días de las diez en adelante. Si quiero comer temprano y espero invitados, ellos, que llevan una vida adaptada a la estación sevillana, no tienen hambre aún porque acaban de desayunar. Si por la mañana se me olvidó traer botones para ponerlos en el vestido que estoy confeccionando para entretener el tiempo en las tardes espesas y tórridas, entre sobresalto y sobresalto de anuncio televisivo, que no se me vaya ocurrir bajar antes de las siete de la tarde, porque antes... ¿quién es el guapo que abre antes si han dicho en la televisión que hay alerta amarilla o naranja y se va a pasar de los treinta y nueve grados? (pero eso ha sido así toda la vida, que ahora cualquier cosa es una alerta de color intenso)
Cuando ya estoy derrotada, no por el cansancio, que tampoco he hecho grandes cosas, estoy agotada por el aburrimiento que produce la ciudad muerta, el cielo de un monótono azul africano, las hojas de los árboles inamovibles por horas e incluso días, los columpios del parque despidiendo fuego y brillo cegador, en ese momento, más o menos, empiezo, de forma sigilosa, a abrir las ventanas para comprobar que entra un poquito de fresco, pero ocurre que también a esa hora aparecen los primeros niños en el parque, repeinados y mojaditos, se adelantan a sus padres para comenzar los juegos del día...sin darse cuenta de que el día casi ha pasado y está a punto de llegar el siguiente.
Cómo darse cuenta si el sol está y aún pica, aunque la luna esté apareciendo. Un rato más tarde, no mucho más, después de una reconfortante ducha cojo el libro y me dispongo a preparar mi noche veraniega.
Cuando las letras van juntándose y el libro empieza a pesar haciendo un intento de caerse sobre el pecho, lo cierro cuidadosamente y antes de apagar la luz siento el placer que produce ese primer sueño pesado que invade el cuerpo y ralentiza la respiración.
No ha pasado media hora cuando, desvelada y empapada en sudor escucho como en el parque, personas de todas las edades ríen y gritan infinitamente, como si fueran las seis de la tarde.
Cada año se me olvida que tampoco me gustan las noches de verano en Sevilla.
Quizá para el que viene, pruebe en otro lugar.

martes, 28 de junio de 2011

NO DEJES DE ESCRIBIR

Me lo dijo con su tono afable y una sonrisa en sus ojos. Imposible dejar de hacerlo pensé en ese momento en que no podía contestarle. De sobra sabía que intuía mi respuesta.
Me pregunté también en ese momento qué provoca la motivación, porque un día te sientas y no te sale una sola palabra y sin embargo otro, los dedos se mueven tan deprisa que aparecen sobre el fondo blanco, letras que no deseas, sólo porque derramas tu impaciencia sobre el teclado, porque quieres descargar lo que está dentro de ti, ubicado no se sabe dónde. Qué resorte es el que detiene el manantial y cual el que lo impulsa a fluir hasta vaciarte. Cuánto misterio en el interior cuando en realidad sólo somos moléculas que fluctúan inmersas en agua salada, las mismas que forman cualquier otro cuerpo inerte combinadas de otro modo, esa es la única diferencia. Corrientes eléctricas que nos recorren a saltos de parte a parte. Comunicación, esa es la clave, es lo que distingue lo vivo de lo inerte: los puentes establecidos, los enlaces, la comunicación, el trabajo en equipo, la especialización.
No tiene que ver con la edad, ni con el sexo, ni siquiera con el estado de ánimo. No tiene que ver con la luz ni con la oscuridad, con la quietud ni con el movimiento, tampoco con la estación del año ni con la hora del día. Da igual si eres de hábitos nocturnos o diurnos, si necesitas un café o no para estar despierta, que hayas comido o que no tengas que llevarte a la boca, si eres pobre o nadas en la abundancia.
Un día te sientas y de pronto y sin pedirte permiso los dedos se mueven y de forma sorprendente lo que queda escrito tiene sentido. Lo lees luego y de todo el texto reconoces sólo parte, otra se ha entretejido sola y comprendes que eres el vehículo de transmisión de las ideas que las moléculas hidratadas han creado.

martes, 14 de junio de 2011

El CUENCO TIBETANO Y LA LLAMA DE LA VELA

Huyendo del infinito silencio que empezaba a hacerse tedioso por la monotonía de los días vacíos de presencia, acostumbró a sentarse en el suelo en el centro de la habitación de techos bajos y paredes blancas, cerca de la cama y de espaldas a la puerta, veía muy bien, sin embargo, la cómoda de madera de pino sobre la que reposaban los collares de piedra y los pendientes colgados del expositor. Sus ojos abiertos buscaban un punto en la parte más alta de la pared, entre el verde de la máscara veneciana y la dacha azul del cabello del ángel alado que pendía de una hebra de lana del mismo color, desde el día en que se lo regalaran. En un instante en que parecía que el corazón no podría soportar por más tiempo la presión de las horas aviesas, ocurrió un suceso mágico no por lo imposible si no por lo extraordinario:
Desde un lugar conocido, una onda vibrante y tenue al principio, comenzó a extenderse, a la vez que crecía en sonoridad, por el espacio contenido entre las paredes de aquel habitáculo. Al elevarse y descender, al moverse de un lado a otro impactaba, como la escarcha sobre el cristal en una tarde granizada de otoño, con los distintos objetos que encontraba a su paso componiendo una melodía inusual y heterogénea. Los oídos de la mujer se abrieron extasiados al sonido y todo su cuerpo actuando como un ánfora fue receptor de la vibración creciente que traía la armonía a su cuerpo vapuleado por la nada.
Cercana a un vaso cuajado de rosas de melocotón aterciopelado, la llama de la vela encendida vibraba al compás del tañido y en su afán por acompañarlo emanaba un aroma de canela envuelto en una estela de humo anaranjado, componiendo una figura veraz en la atmósfera sonora y perfumada: la silueta de una mano.
Absorta en la contemplación del prodigio y ebria de perfume y rosas se detuvo en los detalles de la silueta, aquella que configuraba una mano cálida, de dedos y uñas cuadradas, una mano ágil que con un movimiento giratorio de muñeca hacía caminar de puntillas a un mazo de madera sobre la superficie de un cuenco tibetano de siete metales.
Es, desde que aconteciera ese hecho, que cada día, a la misma hora, sentada sobre el suelo en el centro de la habitación, la mujer se instala tranquila, sabiendo que un día más la onda expansiva y sonora permitirá la danza de la vela. Es en ese instante cuando la mano de nudillos arbolados acaricia su corazón y le ofrece la savia de su boca y el refugio de su abrazo. Aún cuando el cuenco enfundado reposa y la vela pertinaz hace un amago de extinguirse, la mano y el corazón se rozan y en todos los lugares del planeta puede sentirse la vibración del encuentro, el agua se acerca a la Tierra que sedienta besa la orilla agradecida.
Desde ese día y a esa hora, la magia se abre paso y ninguna mueca de tristeza tiene cabida en el Universo.

sábado, 28 de mayo de 2011

MI ARCOIRIS PARTICULAR

Como suele suceder con las cosas buenas de la vida, un día pasan sin que las esperes. El arco iris se extendió por mi cielo, sin llover ni salir el sol. No supe, cuando creé este blog por qué le puse ese nombre pero ahora lo se, lo estaba esperando, al arco iris y llegó.

LATIENDO DENTRO DE UN HUEVO

De un agujerito minúsculo horadado en el extremo de la delicada seda amarilla, salió con las alas replegadas alrededor de su cuerpo, la más tardía en su desarrollo. Aleteaba con fuerza inusitada, como si quisiera escapar a su destino, buscando el contacto con una compañera a quién contar la experiencia de la transformación. Se acercó a unas y otras pero todas estaban empleadas en la faena de la procreación y ella, al cabo de un rato, exhausta en su pertinaz movimiento de vida, se arrinconó y pareció, momentáneamente, aceptar su suerte. Más tarde su quietud se hizo apacible o eso me pareció a mi, al estar unida a otro ser. Por alguna extraña razón me sentí feliz al contemplar el espectáculo, quizá porque lo llevé a mi terreno y sentí de una manera especial la felicidad que otorga el compartir los momentos en pareja. Respetuosamente me alejé, para no perturbar la placidez del momento.
Algunas, las nacidas en primer lugar, empiezan a abandonar la vida en pro de la nueva que vibra en el interior de los huevos que, minuciosa y abundantemente, han dejado sobre las paredes de su habitáculo, sin descanso, sin alimento. Nacieron para tener un intenso y breve contacto entre ellas y dejar luego la vida encapsulada para poder morir satisfechas de haber cumplido el primero y mayor objetivo de sus vidas, la perpetuación de su especie.

miércoles, 25 de mayo de 2011

COLGADOS DE LA LUNA

El cielo está tan despejado hoy que podremos ver la luna sin problema, tiene esa forma de hamaca en la que me gusta mecerte. Primero te quitaré los zapatos, con cariño, dulcemente y te invitaré a que te recuestes sobre ella. Traeré el libro de las hadas ¿recuerdas?... a ver que piense donde lo tengo...Sí, lo traeré y me tumbaré a tu lado, allí donde compruebe que la luz de una estrella permanece, para que la lectura sea amena y sin interrupciones. ¿Te imaginas que fuera una estrella fugaz la que nos iluminase? Yo moviendo el libro de acá para allá para centrar el texto, para no perder la línea y agrupar las sílabas correctamente. Tú riendo ante mi improvisado y forzoso baile de San Vito.
Ahora que lo estoy pensando... no sé si el cielo estará tan luminoso como desearíamos, mira que aquí en la ciudad todo el esplendor del universo se pierde, ya te lo decía cuando te contaba aquella historia de la mujer que balanceaba sus piernas cruzadas, a ritmo de una pieza de jazz inexistente.
Se me ocurre una idea mejor ¡dejemos el libro! deléitame con tu voz armoniosa y sensual, cuéntame en voz baja una historia del pasado, un misterio... ¡lo que quieras! Ocuparé el hueco que me ofreces entre tu pecho y tu brazo derecho, en silencio, con los ojos muy abiertos esperando el desenlace. Bésame en las comas, abrázame en los puntos y a parte. Deténte un momento ahí, justo ahí donde se descubre la trama, para que la piel se adueñe de la vibración que tu voz entusiasmada me transmite envolviéndome en el misterio, no el de la historia que relatas sino en éste de que estando colgados de la luna hayamos alcanzado la plenitud en medio de la noche universal.