"Nadie puede predecir a qué altura puedes volar, ni siquiera tú lo sabrás hasta que abras tus alas y vueles""Atrapa rápido los sueños ya que si los sueños mueren, la vida es un ave con las alas quebradas que no puede volar"
Varios días ya con el puñeterito dolor en la garganta. Antibióticos no hacen falta porque no está ni siquiera muy roja. Los oídos que también están dando lo suyo, están bien, dice el doctor... toda yo estoy perfecta pero... ¡me duelen!
Reunidos alrededor de la mesa, miro como se han transformado sus facciones, como han dejado atrás el acné y se han convertido en adultos, aunque sigo viendo en ellos a esos tres pequeños que siempre rondaban a mi alrededor: mamá esto, mamá aquello, mira mamá, bueno ya no vengas...
Me he despertado al escuchar mi nombre en tu voz, mi nombre, que no necesitas pronunciar porque antes de que lo hagas me llega, en ondas expansivas, el calor de tu llamada. He abierto los ojos y estabas mirando mi rostro que yacía quieto sobre la almohada. He sonreído al mirar los tuyos, con esa sonrisa amplia y franca que tan bien conoces, extendiendo mis brazos para estrecharte.
Desde las letras, las palabras y los pensamientos permaneceré enlazada con el mundo de los que me ha visto crecer, contribuyendo sin saberlo a que el milagro ocurriera. Algunos, los más queridos ni siquiera ven que lo he hecho porque en nuestros ojos permanece el reflejo de los días de juegos y los pies siguen danzando al ritmo del viento que impaciente hormiguea por nuestra espalda, como en aquella canción que tanto me gusta.
Amparo de Atienza y Cárdenas tenía el rostro blanco, casi transparente, era una de esas mujeres que seguía pensando que la piel oscura era para los esclavos y los campesinos. Procuraba no salir a esa hora en la que el sol está tan alto en el cielo que no hay sombra donde cobijarse, pero si tenía que hacerlo, utilizaba una sombrilla de color celeste con lunares blancos, para cubrir su tez y su cuello. Sus brazos permanecían a buen recaudo bajo la muselina de sus blusas y sus manos aparecían cubiertas por unos guantes de fina seda.
Pero será en otra época porque... los días de verano en Sevilla... no los soporto.
Me lo dijo con su tono afable y una sonrisa en sus ojos. Imposible dejar de hacerlo pensé en ese momento en que no podía contestarle. De sobra sabía que intuía mi respuesta.