El señor Cándido era picapedrero y cada mañana emprendía el camino
hacia la cantera a lomos de su burra.
Mientras picaba la piedra bajo el sol ardiente soñaba y, por la noche,
después de cenar un guiso de patatas, escribía versos en un viejo cuaderno a la
vez que atusaba su bigote.
El señor Cándido tenía una habilidad innata para escribir epitafios y
todos sus paisanos le solicitaban cuando la muerte visitaba sus hogares. Él,
muy serio les pedía que hablaran unos minutos sobre el difunto. Entretanto, él
escuchaba y miraba directamente a los ojos del intermediario.
Además de crear los versos, el
señor Cándido los esculpía con su cincel sobre la losa. Entrar en el cementerio
era como abrir un libro de poemas.
Un día enfermó el artista y no pudo volver a la cantera, sin embargo,
no le abandonaron sus musas y siguió esculpiendo con frases el alma de sus
vecinos.
Una noche de luna nueva murió el Señor Cándido y la oscuridad y la tristeza se adueñaron del cementerio.
Cuenta la leyenda que desde entonces las
lápidas dejaron de llevar epitafios y solo
una cruz impersonal y una fecha
venían a romper la homogeneidad de la roca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario