Traduciendo los sentimientos

domingo, 14 de octubre de 2018

Tormenta celestial

Aunque a media tarde salió el sol y trajo calor a mi corazón, más  tarde llegó Lesly con su música del trópico y cuajó de lluvia la tierra. Olía bien, ese olor de la niñez y las botas katiuskas, el olor de la despreocupación y la inocencia.  Luego llegó el viento, el que anunciaron, el racheado y violento, ese viento que ruge desafiante, el que silba y sin permiso entra en la casa por debajo de la puerta. El inquietante viento.
Ahora, hace escasos minutos todo se quedó en calma, un ángel cruzó la atmósfera a lomos del huracán y se ha quedado aquí, muy cerca, no puede emprender el vuelo hasta que no se sequen sus alas. A mi me viene muy bien porque emite un suave destello que me ayudará a conciliar el sueño.

sábado, 13 de octubre de 2018

TRES DESEOS

Me preguntaba a qué había venido a este mundo y a este lugar, cuando de pronto, un viento hipohuracanado se empeñaba en tirarme del pelo y empujarme en una dirección. Su fuerza era tal que no tuve más remedio que dejarme llevar. En un rinconcito de aquel lugar que era como una cabaña abandonada había una caja extremadamente bella. Flores en diversos tonos pasteles y pajarillos que emitían sonidos cuando los rocé con mis dedos la adornaban por fuera,  una cinta verde y violeta que terminaba en un lazo rizado me llamaron la atención.  Aunque no había puerta, ni cristales  en las ventanas, el tiempo era apacible en el interior.
Me senté en cuclillas, me peiné con los dedos y me dispuse a abrir lo que parecía ser para mi.
Dentro un corazón rojo y brillante que tenia la peculiaridad de latir. Cuando lo tenía entre mis manos lo acerqué a mi pecho y los latidos se unificaron. Me sentí extraña y feliz a la vez y sin saber cómo, tuvo lugar un suceso inesperado. De aquel corazón salió una estela de luz y después la que dijo ser una maga. La maga del amor, me dijo. Pídeme tres deseos, solo hay una condición, tendrás que pedirlos antes de que acabe el año.
...y aquí estoy, sentada aún pensando con mucho cuidado para elegir bien...¿o tal vez no debería pensar tanto?
Qué el instinto y el amor sean mis guías . Así  sea.

jueves, 11 de octubre de 2018

RECETA PARA DEMÓSTENES

INGREDIENTES:
Un kilo de sonrisas
Cuarto y mitad de besos
Mitad del cuarto de caricias
Un vaso de energía.
Una mirada cariñosa.
Nada de lágrimas (la sal la pones tú)

REALIZACIÓN
Cuando llegues a casa debes abrir muy bien los ojos porque dejaré que todos estos ingredientes que ahora mezclo con firmeza, caigan sobre ti a la hora de acostarte.
Es una antigua receta de bruja buena que solo desea tu felicidad.


Nadie decide por mí

Aquí estamos.  Asustada porque acabo de recibir un correo en el que amenazan con cerrar este blog. Este espacio que se lleno con nuestras vivencias y emociones.  No puedo permitir que desaparezca, seria como un estandarte que se rompe.  He de volver cada día como antes y decirte cuánto te quiero y cuánto deseo que la emoción perdure a través del tiempo.  Te besaré entre líneas a ti y a aquellos que amo.

viernes, 20 de abril de 2018

COBRE Y ORO


Mi abuela tenía una larga y delgada trenza que antaño fue una melena preciosa, espesa y rizada. Ella contaba a menudo, que en otra vida fue un pez mitológico y ajustaba mucho su corpiño para acentuar su silueta de reloj de arena.
Su casa estaba llena de elementos marinos y en una caja de nácar guardaba pequeños guijarros moldeados por las olas, restos de conchas y púas de erizo, moradas y verdes.
Mientras ella relataba sueños y delirios envueltos en palabras de las que no sabía su significado, pero que sonaban melodiosamente en su boca, retozaba en su alfombra repleta de algas, pólipos, ofiuras y caballitos de mar.
Una mañana de viento imposible y temporal costero mi abuela dejó para siempre la vida terrestre.
En un baúl de tachuelas doradas y tiras de cuero encontré una reliquia de 1627, un llamativo y exótico estandarte que decidí colocar en la balconada que daba a la calle principal.

De manera fortuita y bajo el título “Metamorfosis” me encontré, años después, conmigo misma en una galería de arte. Sonreí porque solo yo sabía que su rostro y sus preciosos rizos de cobre y oro completaban la estampa que deliberadamente mostraba a medias.

Antinatural


De todas las fotografías para las que he posado, esta es la que más me gusta.
Ventiladores que agitaban mis vestidos vaporosos, miradas felinas en Atacama, bikinis en la Antártida, pieles naturales en Gobi, pijamas a medio abrochar en Wall Street, tacones de ejecutiva en el monte Bolingo.
 Cientos, miles de fotografías y en todas, sin excepción, mi rostro impoluto, como una manzana recién cortada, sonrosada y sin arrugas incipientes que hicieran presagiar la tan temida oxidación de la epidermis y por ende, mi decadencia.
Esta es, sin duda,la mejor, una oda a la vida, en ella muestro mi lado más humano y más travieso. El que hace mohines para provocar risas o carantoñas de gatito que ronronea buscando una caricia. Repeinada y despeinada, sin rulos, sin planchas, sin tintes, sin máscara.
La llevo siempre conmigo porque cuando alguien desea recordarme qué soy y cómo debo comportarme, al primer comentario soez, jocoso, impertinente o envidioso, la miro reiteradamente, con insistencia, la fijo y la aprendo de memoria, luego me concentro unos segundos y como una contorsionista, estiro y tenso mis músculos, los elevo y lo relajo y haciendo combinaciones imposibles, consigo que hasta las arrugas que no tengo afloren.

jueves, 30 de noviembre de 2017

ABUELO POR UNOS DÍAS

Manuel no tenía nietos propios e igual nunca lo pensó.  Los humanos tienen razones que el corazón no conoce.
Yo no sabía si a él le gustaban o no los críos y eso que había sido maestro pero nunca hablamos de ese tema.
Lo que si sabía es que cuando nos conocimos, mis hijos eran pequeños, graciosos y procurė siempre que fueran educados. 
Hoy una pequeña y vivaracha criatura lo miro y hundió sus ojos brillantes y nuevos en el azul claro e intenso de los ojos de Manuel, luego, la criatura haciendo gala de su inocencia y de su libertad lo llamó abuelo y Manuel sintió que su alma rejuvenecia. Sintió todo el bullir de la vida en su interior y acaso se preguntó  cómo sería su vida con un pequeño corazón al lado, uno que le acariciara el alma en las tardes de lluvia.
Manuel que es un hombre con los pies en la tierra disfrutó cada día contagiandose de la energía de la pequeña.  Miró  los escaparates y se devanó los sesos para encontrar algo bonito, a la vez que instructivo para ella.
Desde entonces la niña cuando encaja las piezas ve los ojos profundos de su abuelo improvisado.  Desde entonces, Manuel mira los juguetes en los catálogos navideños y piensa  con ternura en la pequeña.
El año próximo volverá a ser el abuelo que la niña espera. 

lunes, 7 de agosto de 2017

ORIGEN

Emprendieron un camino de amor por separado para llegar al mismo lugar. Se encontraron y en milésimas de segundo se fusionaron. Primero fueron dos y después convertidos en una sola célula asistieron a la extraordinaria paradoja de dividirse para poder multiplicarse.
Luego rodó hasta encontrar el lugar idóneo para madurar, un microclima a medida donde alimentarse, especializarse y desarrollarse.

Como un astronauta ávido de aventuras y suspendida de su cordón de vida exploró el universo contenido en su pequeña bolsa ensayando posturas, hipos y sonrisas. Después de cuarenta y una semanas,  estaba preparada para aterrizar en el nuevo mundo. La esperaban ilusionados. Reajustó su postura y con la destreza y el empecinamiento de una raíz atravesó a oscuras el estrecho conducto que separaba el agua de la sed, el silencio del ruido, y la seguridad del abismo. Llegó sin equipaje, sin mochila a la espalda. Llegó desnuda y con la piel por estrenar, rosada y cálida como un melocotón maduro.

Los brazos amantes de sus padres la arrullaron. No había nada que temer. Nayra, aún libre y genuina, abrió sus grandes ojos rasgados y bostezó estirando  su pequeño cuerpo de recién nacida. El viaje había concluido.

domingo, 29 de enero de 2017

CUANDO TE VAS

Perdí de vista el rojo cereza de tu coche después de la curva que te conduce a la autopista, la carretera que nos separa y nos une, ajena a  tristezas y alegrías, serpenteante y opaca.
Metí la llave en la cerradura y el eco de tu ausencia me recibió con desgana.
Hoy no sé, pero mañana te prometo una sonrisa que acalle el eco vacío, una sonrisa que nos caliente, para que el invierno no se quede a dormir sobre nuestros cuerpos.

domingo, 13 de noviembre de 2016

MI CASITA DE VIENTO

PARTE I
Cuando llegó a aquel pueblo polvoriento creyó ahogarse en lágrimas de barro pero no hubo tiempo,  tenía que comenzar a extraer  y colocar lechugas en  cajas que se apilaban interminablemente en su área de trabajo.
Nola cruzó el Atlántico en primavera llevando en su mochila la  vergüenza de ser madre soltera y dejando atrás a un hijo que no quería.
 Desde aquella casa compartida con otros seres tan extranjeros como ella,  Nola divisaba una montaña que obligaba a aullar al viento. Le asustaba su ulular y tenía pesadillas en las que animales salvajes devoraban al pequeño.  Y así,  sin querer, comenzó a quererlo.
Al paso de los años Nola era una mujer más del pueblo y como a ellas, la tierra le iba robando la tersura de la piel y la energía de los riñones.
Al final de la jornada, mientras dentro se escuchaba la charla animada de sus compañeros, Nola  se sentaba en el suelo del patio a esperar que el viento llegara, el mismo que tanto le asustara al principio, se había convertido en su amigo más fiel, y cada noche, traía a su hijo y lo dejaba caer entre sus brazos poniéndolo a salvo de las alimañas.

PARTE II


Los surcos de su cara y el rictus de dolor, la condenaban a ser vieja sin serlo.  Trabajaba tanto, extrañaba de tal modo el sonido de su lengua materna, se fustigaba de tal forma por sus culpas, que sus arrugas habían enraizado en su alma.
Nola recordaba muy bien cuánto tiempo llevaba en aquella casa en la que ahora vivía sola. El viento ya  no  le traía a su hijo para que lo meciera en la noche, a cambio, aullaba y repetía: sola, sola, sola… la palabra más cruel y más triste que jamás oyera, sin embargo, seguía sentándose en el alfeizar,  por si se apiadaba de ella.
Hoy, un coche negro paró delante de su puerta. De él bajó un hombre joven de piel oscura y piernas largas.
 Soy yo,  dijo, mientras sacaba unas monedas para pagar el taxi.
Nola dio un salto felino y acercándose a él, lo olió sin descanso. Era su cachorro, el que dejó en manos de otros.
El viento  haciéndole un guiño cómplice arrancó de su cabeza el pañuelo colorido.
No lloró, el sol y la culpa habían secado sus ojos.
Movió los labios pidiendo a Dios, o al viento, no haberse vuelto loca.