Traduciendo los sentimientos

domingo, 29 de enero de 2017

CUANDO TE VAS

Perdí de vista el rojo cereza de tu coche después de la curva que te conduce a la autopista, la carretera que nos separa y nos une, ajena a  tristezas y alegrías, serpenteante y opaca.
Metí la llave en la cerradura y el eco de tu ausencia me recibió con desgana.
Hoy no sé, pero mañana te prometo una sonrisa que acalle el eco vacío, una sonrisa que nos caliente, para que el invierno no se quede a dormir sobre nuestros cuerpos.

domingo, 13 de noviembre de 2016

MI CASITA DE VIENTO

PARTE I
Cuando llegó a aquel pueblo polvoriento creyó ahogarse en lágrimas de barro pero no hubo tiempo,  tenía que comenzar a extraer  y colocar lechugas en  cajas que se apilaban interminablemente en su área de trabajo.
Nola cruzó el Atlántico en primavera llevando en su mochila la  vergüenza de ser madre soltera y dejando atrás a un hijo que no quería.
 Desde aquella casa compartida con otros seres tan extranjeros como ella,  Nola divisaba una montaña que obligaba a aullar al viento. Le asustaba su ulular y tenía pesadillas en las que animales salvajes devoraban al pequeño.  Y así,  sin querer, comenzó a quererlo.
Al paso de los años Nola era una mujer más del pueblo y como a ellas, la tierra le iba robando la tersura de la piel y la energía de los riñones.
Al final de la jornada, mientras dentro se escuchaba la charla animada de sus compañeros, Nola  se sentaba en el suelo del patio a esperar que el viento llegara, el mismo que tanto le asustara al principio, se había convertido en su amigo más fiel, y cada noche, traía a su hijo y lo dejaba caer entre sus brazos poniéndolo a salvo de las alimañas.

PARTE II


Los surcos de su cara y el rictus de dolor, la condenaban a ser vieja sin serlo.  Trabajaba tanto, extrañaba de tal modo el sonido de su lengua materna, se fustigaba de tal forma por sus culpas, que sus arrugas habían enraizado en su alma.
Nola recordaba muy bien cuánto tiempo llevaba en aquella casa en la que ahora vivía sola. El viento ya  no  le traía a su hijo para que lo meciera en la noche, a cambio, aullaba y repetía: sola, sola, sola… la palabra más cruel y más triste que jamás oyera, sin embargo, seguía sentándose en el alfeizar,  por si se apiadaba de ella.
Hoy, un coche negro paró delante de su puerta. De él bajó un hombre joven de piel oscura y piernas largas.
 Soy yo,  dijo, mientras sacaba unas monedas para pagar el taxi.
Nola dio un salto felino y acercándose a él, lo olió sin descanso. Era su cachorro, el que dejó en manos de otros.
El viento  haciéndole un guiño cómplice arrancó de su cabeza el pañuelo colorido.
No lloró, el sol y la culpa habían secado sus ojos.
Movió los labios pidiendo a Dios, o al viento, no haberse vuelto loca. 

LA SEMILLA DEL AMOR

Quizá en sus sonrisa de la mañana algunas personas podían adivinar que algo bueno sucedía en sus vidas. Lo que nadie podía ver era que en su interior, unas raíces fuertes y poderosas crecían desde hacía años, raíces que se encontraban y jugaban a entrelazarse.
Faltaba poco para que el potente tronco emergiera, sosteniendo a una majestuosa copa de follaje frondoso con hojas de un verde inimitable.  Allí, en lo más alto, desde donde podrían divisar el cielo, el mar y la tierra, se tumbarían cada tarde sin miedo a que nada ni nadie pudiera sacudir los cimientos de su casa construida a base de amor y paciencia.

miércoles, 12 de octubre de 2016

TROCITO DE CIELO

Mira trocito, a través de tus ojos la vida se ve de otra manera. No sé, pausada y tranquila, sin sobresaltos.
A tu lado puedo respirar aún cuando el aire está viciando. A tu lado, aunque no haya pájaros, puedo escuchar su canto. Hasta las hormigas, a tu lado, caminan sin prisa en una fila larguísima y todas portan sus viandas porque tú se las has procurado. Ningún animal ni planta se sobresalta a tu paso porque saben que eres un hombre de bien y siempre, a tu lado están a salvo.
Mírame trocito y dime que has mirado la luna antes de dormir. Dime amor que no hay preocupaciones que te roben la paz y el sueño. Dime príncipe que no necesitarás ninguna espada para librar batallas imposibles. Dime, mi hombre de agua, que el sabor de mis besos se queda acurrucado en los pliegues de tu piel
también esta noche.
Dímelo amor, dímelo

domingo, 9 de octubre de 2016

AMANECER

No hacía falta abrir los ojos para sentir que estabas a mi lado. Las sábanas destilaban el olor a galleta dulce que tanto me gusta y que solo está presente cuando nuestros cuerpos intercambian amor.
No hacía falta abrir los ojos para saber que un día radiante se abría paso entre los blancos visillos de la alcoba.
No hacía falta abrir los ojos para ver el verde de los geranios en el alfeizar de la ventana.
Abrimos los ojos y nos miramos, estábamos tan cerca el uno del otro que podía asomarme a los tuyos y sentir como tú penetrabas mi alma.
El tractor, enfilando hacia el campo trató de sacarnos de nuestro letargo de sábado pero nuestra música es más potente que cualquier ruido callejero. E
ntrelazados, seguimos durante un rato contemplando el nuevo día con las pieles fundidas.

martes, 4 de octubre de 2016

LA VIDA

Llegó una apisonadora llamada enfermedad y lo dejó sumido en la desesperación. Sentado en su silla, la de siempre, esperaba que un platillo volante apareciera para escapar a un mundo sin medicinas.
Tanto lo deseó que una mañana de sol y pájaros, cayó desplomado, abandonándose a su suerte.
Llegó una apisonadora llamada muerte y me anunció su partida, y mi cabeza estalló, como una granada que se lanza contra un enemigo.
Cuando abrí los ojos vi que mi cuerpo seguía intacto pero mis alas se habían hecho trizas. El polvo que las hacía volar, su ingenuidad y su transparencia, todo se había quedado envuelto en aquel fango de desesperación y tristeza.
Salí a la calle y al primer paso, un miedo desconocido y perturbador me hizo regresar a casa.
Me miro en el espejo y no veo en mis ojos la luminiscencia de la luciérnaga. Mi cabello encanece por segundos y mi risa no quiere salir de su escondite.
El dolor recorre cada circunvolución de mi cerebro y, no se si es tan verdad o solo es un invento perfecto del inconsciente para seguir rememorando sus manos ásperas de trabajador incansable o tal vez lo que quiero es volver a la niñez y recuperar así su protección y su abrazo.
La muerte cruzó la calle, y como una apisonadora se lo llevó sin miramientos, sesgando la vida en la casa paterna. Si pudiera verte, papá, te daría un beso, solo eso.

lunes, 3 de octubre de 2016

¡VAMOS!

Escapémonos juntos, y corramos como si no tuviésemos edad ni huesos, y, como si fuéramos seres de luz y color alumbremos los campos y luego, lleguemos hasta el mar y  hagámosle compañía
 a las olas en su letargo nocturno.
Escapémonos juntos ¡ven! para ganarle la batalla a la cotidianidad. Para hacer desaparecer todos los obstáculos. Paremos todos los relojes ahora y nadie nos buscará, porque sabrán, por la estela de risa, que por fin lo hemos conseguido.

domingo, 25 de septiembre de 2016

CON UN BESO

Me diste un beso en el ombligo y sin pensar me conectaste con un mundo olvidado. Allí tirando, tirando del hilo descubrí mi ser primigenio y me paseé por mis vidas pasadas. A bordo de un barco, en un mar enfurecido una ola arrebató mi cuerpo de tu abrazo y dejamos de ser uno. Pero eso fue en otra vida porque ahora que ya sabemos qué ocurrió, estamos entrelazados como la hiedra a ese roble vigoroso. Tú eres mío y yo soy tuya, susurro a tu oído mientras ajeno a mis sensaciones de amor y miedos infundados, me devuelves al presente con tu amor y con tus besos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

miércoles, 10 de agosto de 2016

LA PASIÓN DE JULIETTA

Huyendo de un perro que le doblaba el tamaño, Julietta enganchó  una vara larga y fina que el jardinero había dejado junto a otros restos orgánicos y se impulsó, atravesando como una exhalación la tapia del patio, dándose de bruces contra el césped.
Las cortes sangrantes de su nariz alertaron a su madre,  pero el cerebro de Julietta emanaba tal cascada de endorfinas, que las heridas cerraron de inmediato.
Astuta, Julietta escondió de inmediato la vara para, más tarde,  examinarla minuciosamente. Era fuerte como el acero pero flexible como un junco. La naturaleza había puesto a su alcance un objeto mágico con el que pasaba horas practicando saltos imposibles,  cuando sus padres no estaban.
Un día, la confianza, enemiga de la prudencia, puso fin al secreto.
La madre gritó escandalosamente, haciendo perder la magia a la pértiga y el equilibrio a Julietta que salió despedida, de forma nada elegante,  por encima del arco de rosas.
¡Tienes que hacer algo con esta niña, Cosme!  Lloriqueó la mujer,  y él, resolutivo, lo hizo.
En el pódium mientras el himno solemne imponía silencio entre el público, Julietta, en lugar de morder la medalla de oro, se rascaba, sonriente,  las cicatrices de la nariz.