Traduciendo los sentimientos

jueves, 30 de enero de 2014

EN LA MISMA ÓRBITA

Estás contento. Te brillan los ojos.
Claro ¿cómo no estarlo?
Esta habitación es bonita, es nuestra habitación.
Desde esta atalaya podremos divisar las estrellas cada noche.
Ahí fuera dicen que no son estrellas, que son las luces del progreso ¿ tú que piensas?
Pienso como tú que uno solo ve aquello que quiere ver y como nosotros queremos ver estrellas, las estrellas están ahí para nosotros.
También dicen que uno no puede ser feliz todo el tiempo.
Yo estoy feliz todo el tiempo salvo en aquellos ratos cortitos en que no puedo ver el rostro sonriente de los que amo.
¿Me amas a mi?
Claro.
Pues dímelo.
Al oído, esta noche, mientras miramos las estrellas.
¿Aunque esté nublado?
Aunque esté nublado. El tiempo atmosférico no cambia las órbitas celestes ni los sentimientos.
Ya lo sé pero me gusta oírtelo decir.
¿Que te quiero?
Que me quieres.

martes, 28 de enero de 2014

LUZ SIN SOMBRAS

Extender los brazos para acogerte, extenderlos a través del espacio y que nada me detenga.
En una esquina anónima aparecer y compartir la vida entera en un breve espacio de tiempo.
Entre los árboles el viento intempestivo nos azota sin descanso. No podrá el viento zarandear el sentimiento. No podrá la nube derrotar la luz sempiterna del astro rey.
Mientras el mundo gira y las voces se alzan, en un rincón del mundo, en una casa pequeña,
un susurro de amor quiere besar tus ojos dormidos.

miércoles, 22 de enero de 2014

CRUDO INVIERNO

Cuando no estoy en contacto con tu piel, mis huesos se quejan y se secan mis labios.
Sentado en algún lugar miras interesado un libro. Detrás de las letras, las hojas muestran su transparencia y unas siluetas que nos representan danzan abrazadas.
Es tan crudo el invierno. Es siempre invierno cuando no estás.
Ven y con tus manos cálidas derrite la escarcha que el frío dejó sobre mis poros abiertos.
Ven y con tu boca, traza el camino de néctar que nos conduce al paraíso.

Es tan crudo el invierno y es siempre invierno cuando no estás.

JOSÉ ANTONIO

Una recta interminable y sin arcenes me condujo cada día y durante seis años hasta aquel Centro de Enseñanza situado en un pueblo agrícola, entrañable y silencioso.
Salía yo de un duro trance en mi vida cuando el destino me llevó hasta allí. Toda la paz de sus calles despobladas, se instaló en mi alma. En él pude ver la vida con una luz más diáfana.
Cada mañana al subir las escaleras, un grupo de chicos y chicas con el despiste impuesto por la edad, charlaba y reía en la puerta de la clase.
Aunque no le di clases el primer curso, le reconocí enseguida como una buena persona. Su sonrisa amplia y su mirada franca lo delataban.
Fue el curso siguiente que tuve la oportunidad de tratarle directamente y, efectivamente, en nada me había equivocado. Su sonrisa era lo más grato del trabajo en aquellos días en que coqueteaban la Secundaria y el Ministerio de Educación.
Ha pasado mucho tiempo pero su sonrisa sigue indemne. Ni el exceso de trabajo, ni las responsabilidades del que deja de ser estudiante le han hecho perder la afabilidad ni tampoco la energía que lo caracterizaba.
Tan buen profesional como estudiante ahí estás siendo respetado y querido por todos, no podía ser de otra manera, a las personas bondadosas, a las almas generosas, solo les puede ocurrir cosas buenas.
Mi querido alumno, mi querido amigo. Siempre gracias.
 

lunes, 13 de enero de 2014

DETERMINACIÓN

Había pasado tanto frío en aquel paraje inhóspito que casi no recordaba la sensación que producen los rayos de sol sobre la piel desnuda.
Agazapada bajo un árbol, aspiró el aire en una bocanada profunda, aire helado que, sin embargo, puso fin a la desazón que la incendiaba por dentro. Miró las pisadas sobre la nieve y con una decisión impropia por lo olvidada, abandonó su mochila y giró sobre sus pasos.
 Tomó un nuevo camino para el regreso, un sendero desconocido a sus sentidos y comprobó que la nieve se hacía cada vez más blanda para, en pocos minutos, desparecer bajo sus pies desnudos  dejando ver un suelo, prieto,  oscuro, colmado  de vida. Oyó tras de sí,  que una voz reverberaba en el bosque gritando airada su nombre. En otra ocasión se hubiera vuelto asustada, hubiera corrido hacia ella tratando de impedir que los gritos provocaran el alud que amenazaba día tras día con tragárselos a todos.

Hoy, no mutó su rostro ni cambió su paso. Después de mucho tiempo se sintió libre y, decidida, se alejó del rastro que durante mucho tiempo había frenado sus pasos. La culpa quedó enterrada para siempre en la nieve.