Traduciendo los sentimientos

martes, 23 de junio de 2015

NOCHE DE SAN JUAN

Mirábamos a través de la hoguera, queríamos saber qué había detrás de cada llamarada y a donde iban a parar las cenizas de aquellos pensamientos escritos vehementemente sobre papeles sin identidad. Mírábamos a través de la hoguera y podíamos ver, a ratos, el mar que de cuando en cuando se acercaba silenciosamente a la orilla y nos reclamaba. Deseábamos ir para zambullirnos y perdernos en su sal y arrullarnos a la luz de la luna menguante, sin embargo, algo nos detuvo,  las llamas de la hoguera se habían hecho tan grandes que parecían querer engullirnos. Nos miramos frente a frente y arrojamos sobre ella las peores sensaciones y los más ansiados deseos con el fin de apaciguarla.  Entrando en la madrugada, sentimos  calor y sed y fue entonces cuando el
mar nos recibió con los brazos abiertos. Los besos y las olas nos hicieron sus rehenes en esa noche de la que dicen que es la más corta del año...y la más mágica.

BURBUJAS DE NOSTALGIA


Se deslizó el agua por mis pies y mis dedos se movieron uno a uno. Mientras, las burbujas de jabón, disueltas en el agua unas, elevándose en el aire otras, entonaban una melodía conocida.
Se movieron mis dedos una y otra vez buscando tu mirada, tus caricias, tus  besos. Toda la piel se contagió del perfume de la nostalgia, el perfume de diario.
Mientras el agua en círculos concéntricos se perdía por el desagüe, mi corazón se perdía, arrítmico, en  sensaciones de amor. 

domingo, 14 de junio de 2015

LA VIDA DE LOS OTROS

Después de un largo camino había llegado a aquella ciudad que, a su parecer, estaba en el culo del mundo. Salió del coche, estiró las piernas y con las manos trato de quitar las arrugas de sus pantalones, se puso la chaqueta y ajustó su corbata. Después de una comida copiosa y dos copas de vino y no más que las cosas no estaban para multas, se despidió de aquel empresario de cara recia y tostada y se dispuso a abandonar aquel lugar polvoriento, cuajado de sol y viento.
Al pasar por el atajo que el hombre le indicó durante la comida, le llamó la atención la imagen de dos personas sentadas bajo las escasas ramas del único árbol del camino. Cuando estuvo más a su altura pudo ver que comían y reían. Al otro lado de la carretera,  la existencia de una extensa nave,  le hizo suponer que eran trabajadores, también supuso que además de trabajadores eran pareja. Mientras hablaban y se reían, sus cuerpos se unían y se separaban. Se besaban.
No podía entender como podían estar sentados bajo aquel sol abrasador que le deshidrataba los ojos. No entendía como se podían reír sabiendo que tenían los minutos contados para volver al trabajo. No entendía como se deseaban estando así, sudorosos y llenos de barro. No entendía de que reían pero envidió ese gesto de felicidad en ellos.
Ellos se volvieron para mirar aquel coche grande reluciente, no les vendría mal uno a ellos, aunque fuera más pequeño, para llevar a sus hijos a la playa.
Cuando estuvo más cerca lo vieron a él, al hombre encorbatado y pálido. 
Sus miradas se cruzaron un momento y luego siguieron sus caminos.
Ellos se levantaron y él vio por el espejo retrovisor como al cruzar la carretera para volver al trabajo, se besaban de nuevo. El hombre miró el teléfono, su mujer no lo había llamado hoy tampoco.

sábado, 13 de junio de 2015

NUESTRO UNIVERSO


Luego llegaste y me besaste repetidas veces. Tu voz entusiasmada dejaba ver un atisbo de cansancio físico. En tus pies, la huella del camino ardiente.
Después correteé por nuestros campos para recolectar estrellas con el fin de decorar el techo de nuestra alcoba.
Entonces hoy no hace falta encender la luz, dijiste en un susurro a mi oído.
Enseguida se escucharon nuestras risas y más tarde nuestra respiración apacible.
Las estrellas salieron de puntillas por la ventana para no hacer ruido, no querían despertarnos.
Ya volverán mañana, dije acomodándome entre tus brazos.
Uhmmm, dijiste.
Reconozco ese sonido, pensé, siempre lo hace cuando afirma, incluso en sueños me quiere.

VIAJE DE PLACER

En un tren, sentada al lado de la ventanilla y en la dirección de la marcha,  abrió un libro que había dejado hacía meses. El trabajo y la pereza habían sido, entre otros, obstáculos para avanzar en su lectura.
Una hora y media por delante, el asiento de al lado vacío y la temperatura ideal contribuyeron a que lo sacara de la bolsa de papel y retomara su lectura.
EL sonido procedente de una grabación  y el pitido chirriante del tren anunciaban la proximidad de las estaciones, sin embargo, ninguna de las veces escuchó en qué pueblo pararían en escasos minutos, no le hacía falta, tenía billete para trayectoria completa.
El viaje de vuelta fue igual de apasionante.
A partir de ese momento, al menos un día a la semana sube a un tren de cercanías, el destino no importa porque en realidad lo que la motiva es el tiempo que está viajando. El tiempo que está leyendo tranquila, sin nada que la distraiga.