
El caso es que le gustaba llevarlos enredados en su pelo, ahí bien sujetitos, no fuera a ser que algún ladino desconsiderado acabara por quitar el brillo a aquellas tres joyas que siempre llevaba con ella...
...también tenía un corazón que amaba tanto, que a veces no le cabía dentro del vestido, el aletear de su ritmico, tic-tac, tic-tac, era a veces tan fuerte que levantaba una brisa que desordenaba sus rizos. A veces reía encantada y otras se asustaba tanto que intentaba reprimirlo sin éxito.
Cada tarde, sentada frente al mar miraba hacía la izquierda para traer hasta ella todas las vivencias pasadas. Luego los movía hacía la derecha para recrear las venideras, todas felices, claro.
Más tarde descubrió que esos ejercicios la ayudaban a tener la mirada limpia y clara, esa mirada con la que le gustaba mirar cada día a sus tesoros, que no eran otra cosa que el motor de su existencia.
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