
El autobús está lleno como es habitual y aunque he conseguido sentarme, los nervios no me dejan parar los pies.
Al llegar me he sentado frente a él. Sola frente a él, que ha hecho una pregunta.
Es todo lo que recuerdo, que ha hecho una pregunta y que las cintas de raso de mi vestido volaban con la brisa como si quisieran escapar del lugar.
Lo he mirado fijamente y él, con sus ojos ha insistido en que le conteste.
En sesenta segundos eternos he recorrido palmo a palmo los renglones con la mente pero no he hallado la respuesta.
Preferiría no hacerlo señorita, me ha dicho solemne, pero no me deja otra opción; tendrá que volver en septiembre.
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